Como siempre, advierto a todas aquellas con alergia patológica a las pelotas (ejem) que se abstengan de leer, no sin antes advertir que ellas se lo pierden, por supuesto :D

Supongo a que casi todo el mundo le sonará el “Pressing Catch”, una modalidad de la lucha libre que tiene bastante más de espectáculo y de circo que de deporte y de combate. Por aquí se hizo conocida a raíz de comprar Tele 5 sus derechos de emisión por allá cuando yo todavía era un crío y me pasaba las mañanas del fin de semana de cara al televisor, teniendo especial predilección por los domingos, cuando muy frecuentemente se empalmaba “Humor Amarillo”, el citado “Pressing Catch” y la F1.

Pues bien, en este deporte-espectáculo, los diferentes luchadores están contratados por cada “federación” (estoy hablando bastante de memoria, pero realmente no quiero llegar ahí así que lo mismo da), que es la que decide quien gana cada combate, las diferentes alianzas y enemistades entre los luchadores, etc. Y lo que es el combate propiamente dicho, todo falso. Golpes de mentira, caídas y llaves perfectamente estudiadas... alguna ostia por simple probabilidad se han de llevar, pero en definitiva, es todo un espectáculo, una coreografía de sudor y violencia puesta al servicio del espectador, donde nada sucede al azar y absolutamente todo está decidido de antemano.

El otro día me preguntaba realmente cuan diferente es el deporte profesional de masas de la lucha libre.

Bajo mi punto de vista, todo lo que rodea al fútbol profesional (empezaré por ahí, al ser con diferencia el deporte mas mediático, por desgracia) es una opereta de unas dimensiones casi tan hiperbólicas como el Pressing Catch. Todo lo que rodea al fútbol profesional tiene la misión clara y concisa de dotar al deporte en si de una trascendencia de la que no debería gozar en una sociedad saludable.

Se ha transformado un deporte en algo más de lo que es, se ha logrado convencer a través de la prensa que TU equipo es tuyo, y que el equipo rival es TU enemigo con fines puramente comerciales. Presidentes, representantes, periodistas, todos ellos forman parte de ese lobby interesado en que el fútbol cobre una mayor trascendencia, en que ocupe las portadas incluso de los periódicos de información general... en definitiva, todo es un gran negocio que ha trascendido mas allá de lo deportivo desde hace mucho tiempo. Y que nadie piense que ha sido algo casual, en estas cosas, las casualidades no existen.

Pero sin embargo, la pieza más fascinante de este rompecabezas la representan para mí los principales actores de todo este tinglado mediático, los futbolistas. Estos personajes, a los que podríamos llamar títeres incluso, son la llave para entender el por que de muchas pasiones irracionales dentro de la afición de un equipo. Una afición que los idolatra e idealiza hasta el extremo de realmente creer que esos jugadores permanecen en su equipo por amor a esos colores que han tomado como SUYOS por todo lo expuesto antes.

¿Por qué?, se preguntan muchos cuando un jugador de su equipo decide irse a otro, al equipo rival en muchos casos... y no todos los que se hacen esa pregunta son niños inocentes como aquel que lloró amargamente la marcha de Mijatovic al Madrid hace ya casi 12 años. Muchos de ellos son personas ya talluditas en la vida, personas que han hecho de este deporte el centro de sus vidas y que no saben discernir la auténtica realidad del deportista de la fantasía de fidelidad que extienden a su paso.

Y es que, como dice el amigo House, “todo el mundo miente”. Y los deportistas más, apunto yo. Incluso aquellos que han pasado toda su carrera deportiva en el club de sus amores, aquellos que han hecho en muchos casos ostentación de sus sentimientos hacia unos colores, incluso esos, y en ocasiones, mas que los otros, a la hora de la verdad el único color que realmente sienten es el del dinero. Y es algo que me parece fantástico, extraordinario. Su carrera deportiva es corta y tienen que aprovechar para obtener las mayores ganancias que puedan, sino puede ser en un determinado club, en otro.

Lo que no me gusta es que se intente hacer participe a la gente de esa mentira. Se les denomina como “mercenarios” de forma despectiva, y así podrían ser calificados atendiendo a la definición correcta del término, pero lo que realmente molesta a la gente es el sentimiento de estafa, de engaño, que recorre su cuerpo cuando el deportista en cuestión decide irse de SU equipo y llevarse sus promesas de amor eterno y fidelidad deportiva a otro lugar.

Y eso a mi, personalmente, me ha hecho perder la fe en la inmensa mayoría de los deportistas de equipo, sin casi excepciones.

Sin embargo, sucede que a veces un gesto, una mirada, una lágrima o unas palabras te pueden hacer recuperar la fe en muchas cosas, y en este caso no es una excepción. Existe una extraña raza de deportistas identificados realmente con un club, al que consideran igual de SUYO que el resto de sus aficionados, que se ve a si mismo como a un aficionado mas, que jamás traicionaría esos colores y que a las duras y a las maduras ha dado la cara sin protestar lo mas mínimo por su situación.

El otro día despedimos en una cena sorpresa a nuestro capitán, a Víctor Luengo, después de 15 años en la primera plantilla del Pamesa y toda una vida enrolado en sus filas. Y lo tuvimos que despedir por que lo han echado, literalmente. Es posible que su nivel deportivo estuviera disminuyendo prácticamente ante la vista de todos partido a partido, pero yo, que sigo suspirando por cierto romanticismo en el baloncesto, me resistía a verlo y seguía esperando que Víctor se retirara con nosotros cuando el quisiera.

Pero no pudo ser así. Y por eso le dimos todas las peñas el homenaje que se merece; después de tantos años regalándonos tardes memorables ahora era él el que merecía una noche que no olvidara jamás. Y ahí le devolvimos todo el cariño que el siempre nos dio con su trato amable, su simpatía, su cachondeo (incluso contra sus compañeros de equipo en ocasiones) y en definitiva, su capacidad para haber sabido conjugar en una misma persona al deportista de élite y a la persona sencilla y cojonuda que me consta que es.

Desde el viernes, el Pamesa es un poco más parecido al Valencia, al Real Madrid o a un combate entre Hulk Hogan y el enterrador. Unos colores a los que quiero con locura (se que suena fuerte, pero así es) y que llevan estampados en sus camisetas jugadores a los que realmente, por muy profesionales que sean, dan lo mismo esos colores. Incluido un niño de 18 años cuya carrera estrictamente diseñada por su padre nos deja un par de años para alcanzar la gloria o dejarla pasar, esta vez casi definitivamente. Un niño de Valencia que, pese a su calidad, jamás alcanzará la conexión sentimental que Víctor Luengo alcanzó con unos colores y una afición.

Desde el viernes, el Pamesa es un poco mas de mentira.

Saludetes a todos !!